Waterloo: sangre, sudor y la amarga derrota de Napoleón

El 18 de julio de 1815 el Emperador se rendía ante la coalición liderada por Inglaterra y Prusia. El Imperio de los Cien Días llegaba a su fin. Napoleón Bonaparte, que había sido el dueño de Europa, iba a ser desterrado a una mínima isla en el medio del Atlántico, Santa Elena, frente a las costas de África, hasta que le llegase la muerte. Con su desaparición el sueño de una Europa de ciudadanos, compuesta de naciones estado, libre de los reyes absolutos, y gobernada por el Código de Leyes Napoleónico parecía que se había perdido para siempre por el triunfo de la Restauración. El Antiguo Régimen había vencido en Waterloo.

El Emperador se enfrentó a toda Europa puesta de acuerdo por su miedo y por su odio a un solo hombre. Napoleón no podía vencer pero, en su última batalla, estuvo a punto de conseguir, una vez más, ser el mayor soldado de la Historia, y de ganar un poco más tiempo para su sueño imperial. Los franceses llegaron a los campos de Waterloo tras obligar a los ingleses con la victorias de Quatre Bras, y la derrota de los prusianos de Blucher en Ligny, a franquearle el camino hacia Bruselas. Wellington retiró su ejército a los campos de Waterloo, perseguido por la tropas del mariscal francés Ney, al que poco después se unió el grueso del ejercito imperial mandado por el propio Napoleón, dispuesto a combatir.

Napoleón ya no era el joven general de Austerlitz. Aunque solo habían pasado diez años el Emperador había envejecido mucho. Su regreso desde su primer destierro en Elba, en febrero, había sido acogido con entusiasmo por una nación que no había olvidado sus recientes glorias y que veía con desagrado el regreso de los Borbones, del gordo y apacible rey Luis XVIII al trono de París. Pero Napoleón estaba enfermo.

Antes de la batalla los dos comandantes en jefe arengaron a sus tropas. Napoleón les llamó a defender el honor de Francia, de su patria. Wellington les recordó su obligación con el rey Jorge y la necesidad de darle a «Boni» una patada en el trasero. Los ingleses reparten ginebra, galletas y carne entre la tropa. Los franceses, como no podía ser de otra forma, solo coñac.

Empieza la batalla. Los franceses se lanzan contra la dura infantería inglesa. Los combates se producen a lo largo de toda la línea. Tras la preparación artillera las columnas de soldados francesas avanzan al redoble del tambor en apretadas filas. Frente a ellos los escoceses de Cameron, muchos de ellos veteranos de la Guerra de Independencia española, que hacen sonar sus gaitas y se preparan a recibir el choque. La división de Picton logró rechazar a los franceses. La caballería pesada británica, los Scots Greys de lord Uxbridge, lanzan su famosa carga sin éxito. La batalla no está decidida. En pleno combate el Emperador se siente indispuesto. Abandona el campo de batalla a las primeras horas de la tarde. Ney, su lugarteniente, no tiene el genio del Emperador en el arte de la guerra. Decide lanzar sus tropas al combate otra vez. Los ingleses no se han retirado, están al otro lado de la colina, reorganizando sus filas. La caballería francesa carga a ciegas. Cuando suben la loma se encuentra a la infantería y artillería inglesa formando castillos humanos de bayonetas y mosquetes. Ha formado cuadros contra los que chocarán y morirán jinetes y caballos. Todo parece perdido. La caballería ligera británica y la Brigada de Caballería pesada holandesa terminan por desbaratar la desordenada ofensiva. Napoleón vuelve al campo de batalla y ve horrorizado el desastre que ha provocado Ney. No pierde la moral.

La Guardia Imperial

La granja de La Haye Sainte ha caído en manos de sus soldados al principio de la tarde. El centro de Wellington está expuesto. Napoleón lanza al combate a sus últimas reservas, su invencible Guardia Imperial. Marchan a través de una lluvia de balas y metralla. Francia tiene de nuevo la victoria cerca. Pero mil quinientos Guardias británicos, cuerpo a tierra para protegerse de la artillería francesa, se levantan y lanzan una devastadora descarga a quemarropa sobre la sorprendida Guardia Imperial. Los ingleses cargan a la bayoneta. La Guardia Imperial, por primera vez en su historia, retrocede en desorden. Wellington espolea a su caballo Copenhagen y, ondeando su bicornio, ordena el avance de todas sus tropas.

Los prusianos Blucher por fin llegan a la batalla y se lanzan sobre el flanco derecho del Ejército Imperial. Napoleón ha sido derrotado. A pesar de todo, aún le queda a su ejército hacer un gesto para pasar a la Historia. La Guardia Imperial francesa se concentra al sur de La Haye Sainte. Lucha como los buenos. Su jefe, el general Cambronne, se negará a rendirse, respondiendo «¡merde!», («¡mierda!»). Al caer la oscuridad los que quedan del Ejército imperial se retiran de la batalla hacia Francia en buen orden perseguidos por ingleses y prusianos. Los Cien Días y el Imperio de Napoleón han terminado. Viendo los miles de muertos, Wellington dijo: «Al margen de una batalla perdida, no hay nada más deprimente que una batalla ganada».

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