Timothée Chalamet, los “niños bonitos” también se drogan

Aseguraba hace dos semanas en una entrevistas en este diario Don Winslow, escritor que ha escarbado en los meandros del negocio de la droga, que “después de 80 años son más abundantes, más baratas y potentes que nunca. En los últimos tres años han muerto más personas por sobredosis en EE UU que en ningún otro momento de la historia”. Ya no son aquellos lodos del desmadre de otras décadas ni del miserabilismo puro y duro. Tampoco las historias de juguetes rotos hasta arriba de dinero. Son “niños bonitos”, normales, buenos, de familias estructuradas, que, por un tema u otro, acaban sumidos en el infierno de la adicción. Todos estamos en peligro.

En “Beautiful Boy”, crónica cinematográfica del “best-seller” escrito por un padre coraje que luchó para sacar a su hijo adolescente del pozo, es el exitoso Timothée Chalament quien acompaña a su personaje, Nic Sheff, de solo 19 años, en su bajada al averno: de un simple porro de marihuana, a la heroína, el LDS, el cristal… Hasta ver de cerca, varias veces, la muerte. Hasta decir basta para volver a recaer más adelante, incapaz de luchar contra el gusano que lo habita. Solo la fortaleza y el empeño de su padre David logrará que la muerte no se lo lleve consigo.

El belga Félix van Groening sintió una inmediata empatía con el drama de los Sheff: “Sentí una conexión inmediata, quizás por la relación que tienen el padre y el hijo. Comprendí que mi familia y yo en el pasado nos enfrentamos a una adicción y no teníamos las herramientas para superarlo. Así que ver a esta familia maravillosa creer en el amor incondicional y gracias a eso seguir intentándolo hasta salir adelante, me pareció hermoso, esperanzador”. Y es que los Sheff son una familia normal, de clase media acomodada, en los que no existen antecedentes turbios ni tensiones más allá de las normales. La droga no necesita grandes excusas. “Puede parecer en el caso de Nic que no hay una razón suficiente o convincente, porque lo tiene todo, pero en realidad siente un terror y un vacío en ciertos momentos y para él su cura para la depresión fueron las drogas”, añade el director.

Chalamet sostiene una parte del filme con su proceso degenerativo, pero el punto de vista recae sobre el padre, interpretado por Steve Carell, un hombre que pasa semanas sin ver a su hijo, que sabe pero no puede ayudar siempre, que lucha aunque sea desde la distancia por su “niño bonito”. Asegura Groening que su intención con este drama humano, que se aleja de la estetización de las drogas tanto como del puro miserabilismo, es que la gente “sienta empatía por quienes tienen una adicción. Esta no es una película contra las drogas. No quería imponer un mensaje antidrogas, sino mostrar los riesgos”.

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