Mickey Mouse en las trincheras

La ya larga vida de Mickey Mouse –que cumple 90 años el próximo 18 de noviembre– está llena de paradojas: durante la Segunda Guerra Mundial, pese a los rumores sobre las afinidades nazis de su creador, el roedor disneyano fue todo un icono de la lucha contra el Tercer Reich. Los aviones que bombardeaban Normandía llevaban dibujos del ratón y la famosa productora creaba cortos de animación contra Hitler, entre los que destaca «Der Fuehrer’s Face» (1942), con el Pato Donald; incluso el propio Mickey protagonizó una aventura en tiras diarias ilustrada por Floyd Gottfredson, «On a Secret Mission» (1943), en la que se enfrentaba a espías nazis. Aunque, curiosamente, el propio dictador alemán era un gran aficionado al ratón de grandes orejas, hasta el punto de que Goebbels en persona contaba la ilusión con la que Hitler había recibido el regalo de una colección de sus películas. Una afición que parece poco compatible con la historia que contó Horst Rosenthal (1915-1942), un preso judío que terminó en el campo de concentración de Gurs, en la Francia de Vichy, más exactamente en el departamento de Pirineos Atlánticos, antes de ser asesinado finalmente en Auschwitz-Birkenau. Durante su paso por ese campo, realizó una suerte de libro ilustrado en el que Mickey era detenido durante una estancia en Francia y llevado al campo de concentración. Así, «Mickey au camp de Gurs» («Mickey en el campo de Gurs») relata el impacto con la realidad del campo, hasta el punto de ser consciente de tratarse de un dibujo animado que no puede llegar a ser protagonista de esa terrible realidad. Pese a todo, el ratón se paseará por el campo, contando desde su imaginaria mirada la oscura verdad de lo que ocurría allí, contraponiendo el ideal de libertad, igualdad y fraternidad con el de la tortura, miedo y muerte. Un viaje casi surrealista que terminará con Mickey volviendo a casa «porque el aire de los Pirineos no le va bien». Se dice que el gran arte proviene de una gran tragedia. Shakespeare escribió «Hamlet» después de la muerte de su hijo. Y Picasso pintó el «Guernica» tras los terribles bombardeos de la población vizcaína en abril de 1937. El trabajo de Horst Rosenthal confirma esta afirmación.

Pese a las deplorables condiciones del campo de concentración francés, se les permitía a los prisioneros cierta libertad artística y cultural. Es por ello que se conserva una gran cantidad de material creado e inspirado por la cruel realidad del internamiento. De esta manera, en tan solo doce páginas, Rosenthal describe un tierno relato, al estilo europeo de la animación, en donde deja en evidencia las vergüenzas e hipocresía del gobierno de Vichy, a sus burócratas y al sinsentido de su encarcelamiento. No necesitó más que papel para plasmar las vivencias del personaje en un ambiente hostil, tan diametralmente opuesto a la felicidad de que gozaban sus viñetas originales.

No se sabe cómo ni cuándo se realizó este relato, ni si alguien realmente lo llegó a leer en su día, pero hoy, cuando se cumple el aniversario del ratón, significa un testimonio que, desde que fue donado por la familia Hasnbacher al Memorial de la Shoah en París, ofrece una mirada tan escalofriante como atípica sobre el holocausto que vivió Europa. Mientras estaba en Gurs, Rosenthal realizó dos cuadernos más: «La Journée d’un Hébergé» (1940) y «Petit Guide à travers le Camp de Gurs» (1942). Ese mismo año, junto con varios miles de personas más, Rosenthal fue ejecutado en Auschwitz. Pero «Mickey au camp de Gurs» podría considerarse a todas luces como el más directo antecedente de «Maus» (iniciada en 1977, pero no completada hasta 1991), la aclamada y esclarecedora novela gráfica de Art Spiegelman basada en las experiencias de su padre durante el Holocausto, en la que los judíos, no casualmente, son representados como gentiles ratones. De un ratón de formas redondeadas, universalmente conocido, amable e infantil, a otro roedor de apariencia más siniestra y con una fuerza que es capaz de traspasar las hojas del cómic, como es el de Spiegelman.

Escalofriantes historias

Más allá de «Maus» (Reservoir Books) de Art Spiegelman, por cuya obra obtuvo un Pulitzer, o «Yossel» (Norma Editorial), de Joe Kubert, en donde se muestra el dolor de la realidad en el gueto de Varsovia durante la ocupación nazi, el cómic y la ilustración han demostrado tener una capacidad única para transmitir el horror del holocausto y de los campos de concentración. Ya sea desde el relato de supervivientes que dibujaron desde dentro los horrores, como los escalofriantes cuadernos de Alfred Kantor, Léon Delarbre o Helga Weissová en Terezin y Auschwitz, con imágenesque son difíciles de mirar, pero también desde la ficción de relatos reales. En ese territorio, el cómic español ha ahondado en el infernal escenario de Mauthausen con varias obras que nacen del relato de supervivientes: «Deportado 4443», de Carlos Hernández de Miguel y Ioannes Ensis (Ediciones B), cuenta los cuatro años en el campo de Antonio Hernández; «Esperaré siempre tu regreso», de Jordi Peidró (Desfiladero Ediciones), narra la desgarradora historia de Paco Aura, superviviente también de aquel campo; «Prisionero en Mauthausen», de Toni Carbos y Javier Cosnava (Edicions de Ponent), recrea a través del imaginario de Juan Placambó el relato de distintos supervivientes, mientras que «El fotógrafo de Mauthausen», de Salva Rubio, Pedro J. Colombo y Aintzane Landa (Norma) recrea la historia de Francisco Boix, el único fotógrafo español que capturó el horror de los campos de concentración nazis y cuya adaptación al cine se estrena el 26.

Sin embargo, quizás la obra que más puede recordar a «Mickey au camp de Gurs» es un desconocido trabajo de un famoso dibujante español, Gabi Arnao (1922-1985), que dibujó nuestra guerra civil siendo niño: «El diario de Gabi» es el relato que hizo el que sería después creador de Sherlock López de un viaje que le llevó en 1937 de Madrid a Brighton, pasando por Valencia y recorriendo una España en guerra. El niño ilustra con ingenuidad sus encuentros con los bombardeos y el horror de la contienda, mostrándose ya dotadísimo para el dibujo. Las páginas de este diario que la familia Arnao guardó con cuidado son uno de los testimonios más fieles de la realidad del día a día de aquella contienda.

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