Los Sitios de Zaragoza, el Stalingrado español

Si los asedios fueron una rara avis en las Guerras Napoleónicas, aquellos en los que los defensores resistieron a ultranza, contra viento y marea, lo fueron aún más. Zaragoza no era Stralsund, Almeida o Magdeburgo; en lugar de fortificaciones modernas de estilo Vauban, sus defensas se reducían a las tapias de antiguos conventos en las que fue necesario abrir aspilleras para los fusiles y la artillería. La ciudad tampoco disponía de un gran número de tropas regulares bien adiestradas; sus defensores, aunque numerosos, eran en gran medida los propios vecinos y paisanos de la región circundante que carecían de entrenamiento, a los que se agregaron restos de unidades dispersas e incluso ancianos oficiales retirados que desempolvaron sus viejos uniformes. Estos defensores no contaban con un líder curtido; José de Palafox, un joven oficial de las Reales Guardias de Corps sin experiencia en combate, fue elegido por el pueblo enfervorizado para dirigir la defensa.

Seguro de la fácil ocupación de Zaragoza, el generalato francés no tomó apenas precauciones y despachó sus tropas en tres columnas al interior de la urbe. Entre estas se hallaban los lanceros de la Legión del Vístula, los temibles «picadores del infierno». Uno de aquellos hombres, el oficial Kajetan Wojciechowski, cuenta en sus memorias que «en medio del silencio, las dos partes se observaban entre sí. Cada uno como si esperara a que tocaran la hora en cuya sentencia divina se decidiría la suerte de innumerables familias y tal vez de dos grandes naciones».

Lo que los polacos no esperaban, tras doblegar la resistencia frente a la puerta de Santa Engracia e internarse en Zaragoza uno de sus destacamentos por la calle del Carmen, fue encontrar barricadas a su paso y a los habitantes armados y prestos a plantarles cara. Lanza en ristre, los lanceros se abrieron paso entre la multitud y saltaron sobre las barricadas a lomos de sus monturas. En su alocada carga algunos caían por los disparos de los zaragozanos y otros eran alcanzados por macetas y piedras arrojadas desde los balcones. Los que llegaron a la plaza del Portillo se toparon de bruces con una muchedumbre de mujeres que, armadas con navajas, los rodearon, desmontaron y acuchillaron. Sólo un puñado logró salvarse. El soldado Wincenty Placzkowski escribiría, presa del asombro, que «casi todos [los defensores], varones y hembras, ancianos y jóvenes, aun niños, llevaban consigo unos estiletes, y otros los tenían en la cama».

No sólo los polacos, sino también los franceses, se mostraron perplejos por la participación de las mujeres españolas en los combates. El barón de Lejeune, que participó en el segundo sitio, observó que «las mujeres de Zaragoza formaron compañías y se repartieron por los diferentes barrios, donde era precisa la defensa, llevando víveres, municiones y socorriendo a los combatientes, asistiendo a los heridos en los hospitales, hacían cartuchos y suplían a los hombres en el combate hasta donde fuera posible».

El caso más célebre es el de Agustina de Aragón, pero otros nombres han persistido en la memoria, como el de María Agustín, que aun herida en el cuello de un balazo siguió llevando municiones y aguardiente a los soldados, o el de Casta Álvarez, que se distinguió en la defensa de la puerta de Sancho durante el asalto general del 2 de julio, en el que combatió con una bayoneta ligada al extremo de un palo.

A pesar de todo, Zaragoza salió vencedora del primer sitio y, en el segundo, cuando Napoleón era dueño de Madrid y los ejércitos españoles habían sido diezmados, obligó a dos cuerpos de ejército franceses, que hubieran sido útiles en otros puntos, a librar durante dos meses, ante una plaza con defensas improvisadas y precarias –incluso se alzaron barricadas con los muertos–, una de las luchas más atroces y agónicas de la época, «de casa en casa, de piso en piso, de aposento en aposento, exponiéndose a la explosión de las minas que los tragaban y abandonando las ruinas de la infortunada ciudad só lo cuando se habían convertido en cementerio».

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