Las rosas que segó Franco

El pueblo de Madrid alquitranaba su memoria con retales de tristeza un 5 de agosto de hace hoy 80 años como consecuencia del fusilamiento de trece rosas castizas cuya vida fue arrebatada por un Consejo de Guerra que las acusaba de «adhesión a la rebelión». Tan solo habían pasado cuatro meses de la proclamación de Franco como vencedor del conflicto fratricida cuando Carmen Barrero Aguado, Martina Barroso García, Blanca Brissac Vázquez, Pilar Bueno Ibáñez, Julia Conesa Conesa, Adelina García Casillas, Elena Gil Olaya, Virtudes González García, Ana López Gallego, Joaquina López Laffite, Dionisia Manzanero Salas, Victoria Muñoz García y Luisa Rodríguez de la Fuente ponían rumbo al Cementerio de la Almudena para saludar de forma prematura a la muerte. Un saludo, aquel que preludiaba el fin de la vida, que se produjo de forma inminente, después de la delación del comisario Roberto Conesa, miembro de la Brigada Político Social, colaboracionista de la Gestapo y figura altamente conocida y temida por los sectores de oposición al régimen.

La correspondencia epistolar fue la vía testimonial principal que utilizaron muchas de ellas para dejar constancia del motivo por el que las asesinaban tal y como recoge la tinta de Julia, modista natural de Oviedo, afiliada a las Juventudes Socialistas Unificadas de tan solo 19 años que exige, en un alarde estoico de entereza, que no lloren por ella, porque «me matan inocente, pero muero como debe morir una inocente» al tiempo que reivindica en una suerte de esperanza ahogada, «que mi nombre no se borre de la Historia». Dejando que el azar sirviera como una mera herramienta cínica de elección mortal, de entre las 4.000 presas que se hacinaban en la cárcel de Ventas tras la entrada en Madrid de las tropas franquistas, estas trece jóvenes fueron las elegidas para ser fusiladas y más tarde, convertidas en un recuerdo tramposo de los avatares del país.

Su historia adquirió cotas de relevancia social y política lo suficientemente elevadas como para materializarse en términos literarios a través de obras como «Las trece rosas”, de Jesús Ferrero, «Trece rosas rojas», relatada por el periodista Carlos Fonseca o «Martina, la rosa número trece», escrita por la periodista y colaboradora de LA RAZÓN, Ángeles López, en donde lleva a cabo una genealogía del silencio contada por la sobrina nieta de Martina Barroso, una de las asesinadas. En muchas ocasiones, la realidad termina constituyéndose como la fuente de inspiración principal del séptimo arte y en este caso, el cine tampoco se quedó atrás en el traslado y la reinterpretación de la historia de estas 13 rosas marchitadas. Es por ello que en el año 2007 Emilio Martínez-Lázaro estrenó la película «Trece Rosas». Una cinta que, con independencia de su valor cinematográfico, tuvo la audacia de rescatar un episodio negro de la historia de España con el fin, entre otros muchos, de evitar su repetición.

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