«La vida es más importante que el arte; el arte es un adulterio»

Para él, la literatura fue una cuestión de corazón más que una llamada interior. David Foenkinos encontró la vocación por la palabra escrita cuando una enfermedad lo dejó en el límite de la vida. «En ocasiones tienes que exponerte a la muerte para volver a la vida». Entonces no había escrito «La delicadeza», uno de esos «best sellers» imprevistos que catapultan el nombre hasta la cima del éxito. Sólo era un chaval alérgico a la lectura, que intentaba sobreponerse a una dolencia que le había borrado de su perspectiva inmediata la raya del futuro. «Todos mis libros hablan del reto a la vida. Me he dado cuenta de que es una manera de exaltarla. Las personas que han estado gravemente enfermas saben de lo que hablo».

Quizá de aquella convalecencia proviene el actual entusiasmo de David Foenkinos por los estímulos que le salen al paso, porque es una demostración fehaciente de esos escritores que, en el tú a tú, rompen los estereotipos que acompañan su nombre. En la distancia corta, él es alguien desprendido de impostaciones y falsos estiramientos, que le gusta regatear en la conversación con reflexiones y ocurrencias, que no permite que la seriedad rebaje un ápice e su humor ni que las bromas banalicen la conversación. Durante un paseo por las salas del Museo Thyssen, Foenkinos va reparando en los maestros que trajeron una luz nueva a la pintura de la primera mitad del siglo XX y comentando, al mismo tiempo, su última novela, «Hacia la belleza» (Alfaguara), la historia de Antoine Duras, un profesor en la Escuela de Bellas Artes de Lyon que abandona su empleo para aceptar otro como vigilante de sala en el Museo de Orsay. «Me he dado cuenta de que es una de las obras más personales que he escrito. A los 18 años, enfermé. Los libros y el arte me ayudaron. Es un punto de vista muy personal: un hombre que para apaciguar su dolor acude a un museo. El arte supone un refugio. La belleza puede ser un punto de escape para encontrar una forma de consuelo contra el desamor. Frente a un cuadro uno jamás es juzgado».

Y ese cuadro es un retrato de Jeanne Hébuterne realizado por su pareja, Modigliani. Ella amó al artista y cuando éste falleció resolvió suicidarse a pesar de estar embarazada. Un suceso dramático que dejó detrás un gesto bello: antes de matarse, ella dejó sobre el cuerpo del pintor un mechón de su cabello.

El protagonista de este libro tomará el camino de la belleza para remontar el desconsuelo de una ruptura amorosa y este lienzo lo ayudará a superar la melancolía de la separación. De momento, como confiesa Foenkinos, ha logrado que el Museo de Orsay se haya puesto de moda y que muchos acudan allí buscando ecos de su novela, aunque, como recuerda, la pinacoteca jamás haya dedicado una retrospectiva a este maestro. «El rostro de esta obra atraviesa la eternidad con su melancolía y sensual emoción. Lo bueno del arte es que no analiza, sólo trasciende”.

Foenkinos no muestra simpatía por el turismo de masas que convierte la cultura en una atracción de feria y reduce la belleza a un mero objeto de consumo. «Estoy en contra de esas personas que se sacan una foto antes de mirar el cuadro. De hecho, si hay mucha gente, yo prefiero no ir a un museo. Me gusta, de todas maneras, que la agente acuda a ellos para pasear. Es algo casi religioso. Y, también hay que señalarlo, es real, no una cosa virtual. Creo que existe una necesidad de volver a lo concreto. Estoy convencido de que el mundo va a cambiar, va a desconectar de lo virtual, va a regresar a cosas más reales. Y eso es magnífico».

El escritor describe el planteamiento de sus tramas como una indagación de las motivaciones y causas que mueven a sus personajes. «Escribir es una como una pista falsa. Lo que me interesaba conocer es por qué este hombre había ido a parar ahí. Justo cuando alcanza la cumbre del conocimiento decide dejarlo todo y aceptar un trabajo como bedel. En el fondo, este texto es un análisis del concepto de resurrección, de regresar a la vida. Cada vez que se vive un desamor hay que volver a pasar por la casilla de salida», comenta.

Cuando se le pregunta por la receta del arte de amar, ríe, «si la supiera», afirma, pero después, Foenkinos se envalentona y da una definición: «Para mí es anteponer al otro por delante de ti mismo y sentir que la felicidad del otro es más importante que la nuestra. No me he enamorado a menudo, pero considero que la vida es más importante que el arte. El arte es un adulterio, una doble vida y hace que la existencia sea más densa. Yo a todas horas escribo, hago películas. Mi cerebro no descansa. Está inundado de historias. Todo gira alrededor del trabajo, porque, es cierto también, estoy inmerso en una búsqueda sin fin».

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