La Pompeya del Neolítico

Se ha conservado lo que nunca se conserva, el material perecedero: maderas, cordeles, tejidos, restos de comida y objetos trenzados con cuerdas vegetales. «Es uno de los yacimientos más espectaculares del neolítico que existe en toda Europa», asegura Juan Gibaja, arqueólogo e investigador del CSIC que trabaja en esta investigación. A orillas del lago Bracciano, Italia, prosperó durante ese periodo una sociedad sedentaria. Levantaron casas, poseían embarcaciones para desplazarse y una tecnología que hasta ahora los historiadores no sospechaban. Con la subida del nivel del agua los restos de la población quedaron sumergidos y enterrados bajo un lecho terroso. Hoy en día se preservan a más de ocho metros de profundidad, debajo de tres metros de estratos y sedimentos. Un sello natural que ha conseguido que se conserve esta verdadera Pompeya, como se la conoce en el mundo científico. Y eso que hasta ahora solo se ha excavado el 25 por ciento.

En estas prospecciones, que comenzaron hace treinta años, han sacado cestería, arcos, cuencos, planchas que funcionarían para aislar el suelo de las cabañas, alrededor de cincuenta hoces y, sobre todo, lo más llamativo, cinco piraguas perfectamente conservadas de unos diez metros de longitud. «Prácticamente no existen embarcaciones de este tipo en el continente. No quedan. Hay alguna, que puede que sea más antigua. Pero no de este tamaño. ¡Son diez metros! Nunca nos hubiéramos imaginado que durante el Neolítico las hicieran tan grades. Suponemos que en ellas llevaban a las familias y que cargaban con alimentos, animales y sus objetos personales», prosigue Juan Gibaja.

Pero existe otro dato sobre estas naves que resulta más intrigante y misterioso: «Tienen tecnología naval que hasta ahora no conocíamos. Hemos consultado con expertos en este área y reconocen que no habían visto algo similar. Estas barcas no son simples troncos vaciados. Tienen elementos incrustados en su interior. De hecho, se pueden ver unos agujeros que podrían estar destinados a una especie de estabilizador o, quizá, para unirla a una segunda piragua. Así que podían funcionara como un catamarán», describe el arqueólogo, quien colabora con Niccolò Mazzucco y Mario Mineo, del Museo delle Cività y uno de los responsables de este importante proyecto, que nació de un acuerdo entre el CSIC y el Museo delle Cività.

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