Javier Marías: «Escribo sobre lo que pienso, lo que está bien y lo que es estúpido»

El artículo es la mirada urgente sobre la realidad. El análisis de lo inmediato, de esas municipalidades que son las rutinas, la política diaria, el civismo, que parece tan pasado de moda. Una literatura que Javier Marías ha ejercido en libertad, diga lo que digan los demás (y las redes), como refleja en su última recapitulación.

–¿Qué tiene de tirana la sociedad actual?

–Es un fenómeno preocupante que está sucediendo últimamente y no solo en España. Tengo la impresión de que la sociedad se está volviendo intolerante. No le gusta la disidencia, incluso le desagradan las opiniones. Creo que, en parte, es debido a la existencia de las redes sociales. Pero lo cierto es que se produce. Nuestras sociedades se han vuelto más exigentes y hay una especie de homogeneidad, de dogmas. En algunos momentos es como una religión laica. Hay una serie de cosas que son intocables y contra las que no se puede decir nada. Nadie puede decir nada contrario al sentir general. La propia sociedad es la que se comporta de una manera tiránica.

–¿Cuesta mantenerse aparte de las ideas generales?

–Tengo la piel curtida y he logrado ser impermeable al pensamiento general. Pero me parece que no tiene sentido, si se escribe en Prensa, ser complacientes y apuntarse a las modas. Para eso, yo no escribiría. Los artículos no hacen mucho, pero escribir para decir lo que todo el mundo piensa o lo que la época piensa… Tampoco escribo para ir a la contra. El escritor provocador lo ha habido siempre, pero no es mi caso. No intento escandalizar ni provocar. Escribo sobre lo que pienso, lo que me parece estúpido, erróneo o está bien. Me parece horrible callarse lo que uno piensa. Yo ya he hecho gran parte de mi recorrido, pero veo gente joven que tiene miedo y que se autocensura porque está labrándose su camino. Eso es grave. Después del largo franquismo y de haber conseguido la libertad de expresión, ahora venimos a coartarla porque hay personas que no dicen lo que muchos piensan.

–Le preocupa la salud democrática.

–Sigue habiendo, pero hemos retrocedido. Durante los primeros años de la democracia se aplicó un poco más. Las personas se preo-cupaban por saber en qué consistía… pero hoy existe muy poca educación política, incluso entre los propios dirigentes. Se confunden muchas cosas. Ser elegido en una votación en unas elecciones transparentes es el sine qua non para que un gobierno sea democrático. Es la condición necesaria, pero no es suficiente. Hay que gobernar democráticamente una vez que se ha sido elegido y no hacer lo que a uno le da la gana cuando tiene mayoría, tomar decisiones arbitrarias y no tener en cuenta ni a la oposición ni a las minorías.

–La democracia es algo más.

–Hitler llegó al poder a través de unas elecciones. No ganó totalmente, aunque con las alianzas alcanzó el poder. Ahí se acabó la democracia. Eso lo han hecho todos los dictadores. Se llega democráticamente al poder y se la cargan. Muchos políticos tienen un espíritu dictatorial, son de mal perder y se revuelven contra los resultados.

–¿Qué más le preocupa últimamente?

–La capacidad de crear problemas donde no los hay. Existen unos dirigentes políticos que son incoherentes, ineptos, sin una educación política, aunque se dediquen a ella. Algunos tiran piedras contra su propio tejado. Hay partidos a los que jamás votaría, pero que, si me pongo en su lugar, les diría que nunca hicieran lo que hacen, que eso les va a perjudicar. Existe una gran capacidad para suicidarse en este entorno. No entiendo lo que está pasando. Muchas personas ni siquiera perciben las contradicciones, ni las ajenas ni las propias. Es como si la lógica, que siempre nos ha ayudado mucho, y el raciocinio se estuvieran deteriorando.

Dice que Cataluña ha avivado el nacionalismo en España.

–La parte más culpable en este asunto son los dirigentes catalanes, no los catalanes, porque más de la mitad de ellos no están en eso. Los que tienen el poder allí no están interesados en tender puentes. Para ellos, cuanto peor vayan las cosas, mejor. ¿Ha observado que ya no hablan de cómo sería la república catalana o cuáles serían sus bondades? Al principio, todo mentira, decían qué bien nos iría si ganáramos. Ya nadie habla de eso. Parece que están subidos en una rueda que no pueden parar, porque si pararan se caerían al suelo. No quieren tender puentes y sí mantener sus sueldos. Es la impresión que me dan. El nacionalismo español, contra el que habíamos tenido una vacunación eficaz por el franquismo, y que era rancio, estaba calmado, pero ha habido un despertar por lo que sucedía en Cataluña. Y veo que esto también es peligroso. Es una desgracia los nacionalismos, pensar que uno es mejor porque ha nacido azarosamente en un sitio. Cuando se producen estos enardecimientos, nunca traen nada bueno.

–Habla del uso de la lengua.

–Durante toda la vida, la gente ha hablado bien o mal. No pasa nada. Pero creo que el buen uso del idioma es un reflejo de cómo se piensa. Si hablas confuso, piensas confuso. Y viceversa. A la postre, eso es malo para la democracia si el pensamiento está deteriorado y los individuos no saben expresarse. El lenguaje sirve para decir lo que se piensa. No se trata de reglas, sino de hablar con sentido. Creo que ha habido un interés por parte de los poderes públicos para que la gente vuelva a cierto primitivismo.

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