El monstruo de Fuenlabrada

«Vete. Aquí nadie te va a contar nada. Hazme caso, es mejor que te vayas». El consejo no va con tono amenazante sino con la mejor intención del mundo y le sale a bote pronto a un vecino de Fuenlabrada en cuanto escucha el nombre de Isaac y ve su imagen en la pantalla de un móvil. Es el mayor de cuatro hermanos y en su barrio de toda la vida, en torno al Paseo del Olimpo de la localidad, claro que le conocen. «Él tiene “tela”, pero es que ahí no se salva ningún hermano», zanja. Aunque tuviera fama de conflictivo, lo que no imaginaban es que él fuera el monstruo que ha tenido cuatro meses encerrada en casa a su última pareja con el único objetivo de vejarla de todas las maneras que uno pueda imaginar. La quería allí a su entera disposición, las 24 horas del día, para pegarle palizas y agredirla sexualmente, para obligarla a decir frases de súplica llorando y arrodillada y, sobre todo, para grabar todo esto en multitud de tarjetas de memoria externa que tenía por casa. Lo hizo a cinco minutos en coche de su «zona de confort», en la calle Salamanca, en un piso que había alquilado hace unos tres años, cuando se separó de la madre de su primer hijo. Aquí, tras la puerta del 1ºD, se escondía la casa de los horrores. Porque los vecinos no tienen ninguna duda de que las tres mujeres que han vivido allí con este individuo han sufrido malos tratos severos, pero lo grave es que ninguna le ha denunciado. Porque a Isaac Peláez Rodríguez, que el próximo 11 de diciembre cumplirá 38 años, solo le consta una reseña policial en 2006 por un tema de lesiones, pero de violencia machista, en lo que parecía ser todo un maestro, ni rastro. «Con la primera fue descomunal. Les escuchaba a diario», reconoce la vecina de arriba, que asegura haber llamado «muchísimas» veces a la Policía. «Se presentaban aquí y, por lo visto, la chica decía que era una simple discusión de pareja y cerraba la puerta. Los agentes decían que si ella no quería denunciar, no podían hacer nada». Esta joven, «menudita y muy tímida», se quedó embarazada de Isaac a los pocos meses de vivir ahí, pero las palizas no cesaron. «¡Déjame! ¡Por favor! ¡Que me vas a matar!», gritaba la joven, según esta testigo. «¡Te saco el bebé por las entrañas!», amenazaba él. A esta mujer la perdieron de vista poco después de dar a luz. «Un día estaban sus padres esperándola con el coche abajo. Metieron varios bultos y se fueron con el recién nacido». Ella cerró ese oscuro capítulo de su vida pero no se atrevió a denunciarle.

El momento de la huida

Así, llegó la segunda. «Con está comenzó a utilizar el método de la música alta y así nos enterábamos menos», sigue la vecina. «Cuando empezaban a discutir, ponía rap americano a todo volumen, pero no era tan habitual como con la primera chica. Esta segunda sí parecía tener más carácter, a lo mejor por eso duró menos». Poco después llegó la tercera y última. Era una argelina de 35 años. Sara lleva desde 2007 en España y en 2013 consiguió el permiso de larga duración. En las dos mezquitas de Fuenlabrada no la han visto nunca pero tampoco solía llevar velo, por lo que creen que no era muy religiosa. Sara vivía desde mayo con Isaac y a principios del verano tuvieron una bronca muy fuerte casi en público. La joven tenía medio cuerpo fuera de la ventana de la cocina, donde están las cuerdas de tender la ropa, y gritaba sin parar, casi como un mantra: «¡No me sueltes, por favor, que no lo hago más! ¡No lo hago más! ¡No lo hago más!». Su sufrimiento ha sido terrible. Los investigadores siguen con el trabajo de visionado de la ingente cantidad de documentos gráficos que Isaac guardaba en varios teléfonos móviles y una tablet. A pesar de que están acostumbrados a este tipo de delitos, personas cercanas aseguran que para los agentes está siendo «muy complicado» la reproducción de algunas escenas. Porque al principio, el maltratador grababa algunas de lo más cotidiano: paseando por Fuenlabrada, en el interior del coche, en casa… pero pronto comenzaron los malos tratos. Hay vídeos de la chica arrodillada, llorando y suplicando perdón. Otros en los que promete no contar «nunca, nunca»» a nadie lo que ocurría allí dentro, y otros, muy fuertes, de agresiones de todo tipo. Hay violaciones y hay palizas. En uno de ellos, por ejemplo, se ve cómo Isaac propina una patada en la cara de esta mujer de tal calibre que le rompe la nariz. Ella, por supuesto, no pudo acudir a ningún centro sanitario para tratarse esa herida porque no podía salir de casa sin él. Algunos comerciantes del barrio, no obstante, sí la recuerdan comprando ella sola. Hasta hace 20 días, cuando en un descuido de él, según la versión policial, logra zafarse y llama a su hermana. «Aquella noche estuvieron aquí abajo, en la puerta del portal, horas. Ella tenía la cara desencajada y él la intentaba convencer para que subieran a casa. «No va a volver a pasar, te lo prometo», decía Isaac, según otra vecina. Acabó accediendo pero poco después quedó con su hermana para escapar de forma definitiva. Se escondió entre dos coches de la avenida de España y luego fueron a comisaría. Era 25 de agosto y allí acabó su horror. Al fin, alguien denunciaba a Isaac. Los agentes le esperaban en la puerta de casa y la madrugada del día 26 fue arrestado. Con una orden de entrada y registro (no es fácil que el juzgado la conceda por este tipo de temas), entraron en el domicilio y pudieron confiscarle los teléfonos. Hasta que no llegó ese momento, él se mostraba «muy nervioso», según agentes policiales, conocedor de que en esas pequeñas tarjetas extraíbles estaba su sentencia. Y es que, aunque en su momento solo sirviera para aumentar la humillación, el hecho de que el propio acusado grabara sus delitos es positivo de cara al proceso judicial que hay abierto contra él en el Juzgado de Violencia Sobre la Mujer de Fuenlabrada. La investigación realizada por la Unidad de Atención a la Familia y la Mujer (UFAM) de la comisaría local trata ahora de averiguar si Isaac compartía estos vídeos, se lucraba con ellos colgándolos en alguna plataforma digital o, simplemente, los guardaba de recuerdo o inspiración para futuras víctimas.

El «kinki» de «los Italia»

La primera pareja «seria» de Isaac fue Erika. Ella es la madre de su primer hijo, un niño de 12 años muy parecido a su padre que acaba de tener un hermanito por parte de su madre. La pareja se separó hará unos tres años y él dejó el domicilio de su familia política, situado en su barrio de toda la vida, donde aún aparece su nombre en el buzón y que sigue siendo su dirección a efectos de notificaciones. En el edificio, algunos dicen que parecía un chaval «educado», «modosito». Erika, por su parte, prefiere no hablar. «¿Que cómo estoy? Temblando», dice a LA RAZÓN. Es el padre de su primer hijo y seguía teniendo trato con él. Está abrumada por la noticia y porque «mucha gente me ha mandado whatsapps en cuanto lo ha visto por la tele». «Da igual que saliera de espaldas. El que le conoce, le reconoce», zanja resignada. «Y mi hijo no sabe nada todavía», dice antes de cerrar la puerta.

«Yo les he visto discutir –a Erika e Isaac– por cosas del crío hace poco, aquí en la calle, pero nada que pareciera grave, no creo que a ella la pegara», explica un vecino que conoce bien al detenido porque es de su quinta. Isaac paraba en la plaza detrás del Paseo del Olimpo y a esta pandilla les llamaban «Los Italia» porque alternaban en la calle del mismo nombre. «Trapicheaba o se juntaba con gente que lo hacía. Era bastante “kinki”», explican por aquí. Los padres de Isaac se separaron hace muchos años, cuando ellos eran pequeños. Él es el mayor. Después le sigue Abel, de unos 35, el más conflictivo. Actualmente está en prisión por un tema de tráfico de drogas y ya había estado en otras ocasiones. «Hace muchos años vino un recluso de un permiso penitenciario y le pegó un tiro en la rodilla en esta misma plaza. Debía mucha pasta». Dicen que Abel «subía bastantes kilos de ”chocolate” de Torrevieja», donde iba cuando se cansaba del taxi donde trabajaba como asalariado. El tercer hijo es José Luis y la más pequeña una veinteañera que reside en Chueca. Su padre vive en la capital y la madre en una habitación en la calle Grecia. «No está muy bien de salud, la operaron hace unos años y está muy gorda, a veces sale a pasear con su hermana». De Isaac dicen que siempre fue un poco «vendemotos». «Hace tiempo decía que iba a montar un bar y lo último que oí era que quería opositar a Policía. Fíjate qué cambio». Afirman que, como el resto de los hermanos, nunca han tenido un trabajo conocido y, en su caso, estuvo años viviendo de una indemnización de «muchos millones de pesetas» tras un accidente de tráfico. «La culpa fue de un tío que se saltó un ceda y lo atropelló. No le pasó gran cosa aunque le echó cuento y logró sacar mucha pasta». Pero eso fue hace tiempo «¿De qué vivía Isaac? Ese es el gran misterio de la vida», asegura un colega con media sonrisa antes de irse. Su familia ya ha acudido en tres ocasiones a llevarse sus cosas del «piso de los horrores» porque en octubre dejarán de pagar el alquiler. Mientras, su Opel Astra rojo (matrícula DHY) sigue aparcado al principio de la calle.

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