Crítica de zarzuela: Una inquietante y sugerente «Doña Francisquita»

De A. Vives. Sabina Puértolas, Ismael Jordi, Ana Ibarra, Vicenç Esteve, María José Suárez, Santos Ariño, Antonio Torres, Gonzalo de Castro. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Coro Titular del T. de la Zarzuela. Óliver Díaz. Lluís Pasqual. Con la colaboración especial de Lucero Tena. T. de la Zarzuela, Madrid, 14-V-2019.

En mi vida como crítico he vivido ya siete diferentes producciones de «Doña Francisquita· en el Teatro de la Zarzuela, con un especial recuerdo a las de José Luis Alonso (1985) y Emilio Sagi (1998) y suman diez desde la primera en 1956. Todas ellas, si la memoria no me falla, de carácter costumbrista con la excepción relativa de la de Luis Olmos (2010) que desvistió a «Doña Francisquita» de todo su casticismo, desapareciendo plazas, referencias como Cuchilleros, vestuario… para transformarse en un decorado absolutamente aséptico y funcional con figurines inspirados en los comics y hasta en la caracterización se evitaba reflejar adecuadamente las diferencias generacionales. No es por tanto fácil enfocar una nueva producción y era hora de enfrentarse a ella.

Lluis Pasqual no es nuevo en el género, aunque sí en este título. Mucho se la debido pensar y se nota en su realización final. Él escuchaba mucho de niño la zarzuela –ésta de Vives muy especialmente– y tendrá en la cabeza lo que de entonces se podía tener: el recuerdo discográfico. No debe ser fácil evitar el miedo a destruir ese recuerdo al trabajar la obra. Ambos factores quedan claros en su «reconstrucción», en la que respeta la música y se cambian prácticamente todos los diálogos –con el acuerdo de los herederos de los Fernández-Shaw– para contarnos cómo es su evolución desde un estudio de grabación en los años 30 para el primer acto, un plató de televisión en 1964 para el segundo y una sala de ensayos en el presente para el tercero. El actor Gonzalo de Castro nos guía al pasar de una situación a otra –bastante exagerado en el primer acto– y, obviamente, ha de contar el argumento de forma más o menos sutil para explicar lo que sucede. Tras el primer acto, con los artistas en fila en primer plano detrás de micrófonos y el coro a su espalda, queda la sensación de una zarzuela en concierto con trajes, pero en el segundo se produce la explosión con el ballet y el cambio de decorado, para en el tercero casi vaciarse el escenario y dejarlo en una pantalla trasera con la proyección de fragmentos de la película de Hans Behrendt de 1934 y planos de los artistas. Hay momentos que quedan algo apagados, como «La canción del ruiseñor» junto a otros magníficos hasta el punto de emocionar, como es la aparición de Lucero Tena, en segunda juventud, para tocar con sus castañuelas el fandango de forma que será inolvidable, seguido del ballet con una espectacular coreografía. Se ve siempre el hombre de teatro que es Pasqual. Ayuda en ese momento la vital dirección de Oliver Díaz, en ocasiones tan vital que produce desajustes o eleva demasiado el volumen orquestal. Bien el coro, especialmente en el tercer acto. Las representaciones se dedican a Alfredo Kraus, fallecido hace veinte años, quien cantó la obra en el teatro en 1956. Ahora Fernando, un papel extenso plagado de dificultades, es Ismael Jordi en una intervención de muchísimos quilates. La voz puede tener el típico timbre poco atractivo de los tenores ligeros, como le pasaba al mismo Kraus, pero ha ganado cuerpo y, mantiene una línea canora admirable, con un exquisito gusto en el fraseo, que siempre es inteligible, pleno de matices y con medias voces preciosas. Se le llegó a pedir el bis de «Por el humo…». Sabina Puértolas, que posee una voz atractiva aunque con algún registro velado, aborda el papel con suficiencia y sin estridencias. Ana Ibarra dota de personalidad a Aurora y Vicenç Esteve cumple como Cardona. Bien todo el resto del reparto con especial mención a la estupenda intervención teatral de María José Suárez como Francisca y la opulenta voz de Francisco José Pardo como Leñador. No es fácil afrontar la zarzuela hoy, cuando la ópera va por peculiares derroteros. Pasqual lo hace con la sabiduría de hombre de teatro, con sinceridad y conocimiento, planteando una renovación inquietante y sugerente, que dividirá opiniones, pero que reúne mucho interés y el espectáculo global es algo para no perderse.

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