Cementerio de los malditos: aquí yace Montalbano

La pobre Adelina, la asistente del comisario Montalbano, se pasaba horas en la cocina para que al hombre no le faltara nunca de nada. Y quién se piensa la muerte que es si espera impedir que su autor continúe disfrutando ahora de esos grandes placeres. Sobre la arena todavía removida bajo la que descansan los restos de Andrea Camilleri siguen llegando objetos. Una confitura de moras, naranjas de su Sicilia natal y tabaco para que no pierda el vicio de fumar. Decía el escritor que «la felicidad está hecha de cosas ridículas, de las cosas terrenas, de olores, sabores y relaciones humanas, no de la literatura». Sobre un pequeño olivo también le han dejado un buen puñado de bolígrafos, por si aún se arrepiente y desea verter todas estas pequeñas cosas en una nueva novela.

Le han traído para inspirarse «Las albóndigas con tomate», un pequeño libro del poeta Umberto Saba, en el que recuerda a su mujer fallecida a través de sus platos favoritos. También «El cervecero de Preston», éste ya de cosecha propia. El volumen, gastado por el tiempo, se apoya sobre un frasco con una pequeña muestra del mar siciliano. En el recipiente se materializa «La forma del agua», la primera obra de Camilleri con su comisario más famoso como protagonista. El último Montalbano también espera su momento bajo tierra. Su autor dejó escrito el final de la saga hace más de una década, con el compromiso de que saliera publicado después de su muerte. Camilleri decía que el personaje había marcado tanto su carrera que se había convertido en un incordio. Aunque algún cariño le debía guardar, cuando quiso irse a la tumba antes que él.

Una pareja de admiradores confiesa que espera la obra póstuma. Montalbano era un personaje tan cotidiano que lo mínimo es acudir a presentar el debido respeto al responsable. «Para los italianos Camilleri era una persona casi como de la familia», dice la mujer mientras busca la tumba. Un cartel impreso en un folio con poca solemnidad da la pista, como si estuviéramos en uno de sus misterios detectivescos: «Zona 3, fila 1». Pero en el espacio indicado encontramos un grandioso ángel de la resurrección perteneciente a otro señor. Concretamente al escultor estadounidense Franklin Simmons y su mujer, Ella Bourne Slocum, fallecidos hace un siglo. Solo a los pies de la imponente estatua se ven los pequeños homenajes a Camilleri. A los marmolistas aún no les ha dado tiempo a colocar la lápida. Esparcidos todos estos objetos por el suelo, su enterramiento parece el de un faraón egipcio rodeado de ofrendas.

Peregrinos y flores frescas

Solo eso le faltaría a este cementerio. Entre cruces protestantes, monumentales mausoleos y una vegetación más propia de un jardín inglés que de un camposanto, yace desde hace ocho décadas Antonio Gramsci. En menos de cien metros se puede rendir tributo a Camilleri, escritor comunista y ateo, y a uno de sus grandes inspiradores. En la tumba del fundador del Partido Comunista Italiano nunca faltan flores frescas. Su nicho fue lugar de peregrinación para tantos estudiantes y aspirantes a políticos… Gramsci fue uno de los grandes pensadores del siglo XX y referencia imprescindible de la otra mitad de Italia que no estaba con la Democracia Cristiana. Sin embargo, para que fuera enterrado en este lugar teóricamente dedicado a los no católicos hubo que buscar un subterfugio: su matrimonio con la rusa Giulia Schucht. En el caso de Camilleri no hicieron falta excusas, se reconoció su contribución a la cultura italiana y punto.

A este cementerio se le conoce popularmente como el de los ingleses, protestantes o artistas, aunque oficialmente ahora recibe el nombre de Cementerio Acatólico de Roma. Su construcción data del 1716, cuando el papa Clemente XI dio permiso a miembros de la dinastía de los Estuardo que se habían exiliado en Italia para que reposaran en un lugar digno. Derrocados del trono en Inglaterra y obligados a huir del país, hubiera sido demasiado humillante compartir descanso eterno junto a criminales y prostitutas. La Iglesia impedía enterrar a los no católicos de los Muros Aurelianos de Roma hacia dentro, lo que se consideraba tierra consagrada. De modo que se encontró una explanada muy decente al otro lado de la muralla, donde todavía hoy se alza la pirámide de Cestio.

Inspiración egipcia

Este monumento, entre lo kitsch y lo esotérico, fue un capricho del magistrado romano Cayo Cestio, que ni siquiera es que fuera emperador. Todavía hay que explicarle a alguna visita que no es obra de algún constructor de la época del pelotazo inmobiliario, sino que fue levantado entre el 18 y el 12 a.C. como un sepulcro inspirado en la civilización egipcia. Así que a los protestantes, ortodoxos y judíos de la Roma del XVIII tampoco les pareció tan mal seguir el ejemplo de Cayo Cestio y enterrarse a los pies de una pirámide.

Quien encontró una fenomenal parcela en primera fila fue el poeta británico John Keats. Un hombre que vivió rápido, escribió una quincena de libros en apenas tres años y murió sin haber cumplido los 26. Tras haber perdido a casi toda su familia y con una salud muy delicada decidió mudarse a Roma, donde confiaba que un clima más apacible que el londinense mejorara su condición. Sin embargo, en su viaje en barco ya contrajo el cólera y ni los 10 meses que pasó en un espléndido apartamento en la Plaza de España evitaron el fatal destino. «Aquí yace un hombre cuyo nombre fue escrito en el agua», reza en su tumba el famoso epitafio, convertido en su último verso. Keats no tuvo demasiado reconocimiento en vida. Solo el elogio posterior de Oscar Wilde o de Percy Bysshe Shelley lograron restituirlo. Precisamente Shelley, uno de los poetas más célebres del Romanticismo inglés, siguió los pasos de Keats y se vino a vivir a Italia. Percy y su mujer Mary Shelley, autora de «Frankestein», perdieron a dos de sus tres hijos poco después de llegar al país. Y cuatro años más tarde, tras naufragar con una embarcación de recreo, al escritor también le llegó su ocaso con 29 años. Falleció en las costas de la Toscana, pero su cuerpo fue trasladado al cementerio protestante de Roma. La inscripción de su tumba está tomada de Shakespeare, aunque bien parece una réplica a su colega Keats: «Nada de él se disuelve, sino que se transforma en una metamorfosis marina para convertirse en algo rico y extraño».

También descansa en este cementerio August von Goethe, el único de los cinco hijos del dramaturgo alemán que alcanzó la edad adulta y que, a pesar de todo, se fue antes que el padre. La obsesión del Romanticismo con la muerte encuentra aquí un significado. Hasta parece atractiva. Entre los mármoles y la madreselva pasea un ejército de gatos, que de organizarse podrían ejercer de custodio en este lugar sagrado. La postal sería para Instagram si no fuera porque lo que hay debajo son cenizas y algún hueso. No son ni las cinco de esta tarde de verano, todavía ni se ha filtrado el sol entre los cipreses, cuando los verdaderos vigilantes invitan a abandonar el lugar. De su cuidado se encargan voluntarios y una quincena de embajadas en Italia de países no católicos. Una señora con acento inglés insiste: «Está cerrado». Antes de marcharse, la mujer que ha venido a visitar la tumba de Camilleri se santigua. Decía que el escritor era una parte de todas las casas de este país. De las católicas y las no católicas. Pertenecía, sobre todo, a la familia de los artistas. Y con ellos comparte sepultura.

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