Carla Bruni, altamente infumable

Si existe una experta en reencarnaciones, es ella. Top model, actriz, cantante y primera dama. Carla Bruni es italiana de nacimiento pero francesísima de adopción. Bruni es portadora de «charme» por pleno derecho, pues su familia se instaló en París cuando tenía 9 años, así que esta italiana puede, por tanto, utilizar sin apropiarse (término muy de moda en lo cultural) la denominación de origen del país vecino y titular «French touch» a un disco cantado… en inglés. Y sólo con una clase innata y otra pizca de ella adquirida se puede salvar con el mentón alto una ensalada de versiones blandurrias (ninguna culpa del naufragio tienen los músicos) como el del repertorio inaugural de Bruni en el Festival Jardins de Pedralbes. Sólo teniendo cierta clase (un poco menos de lo que creíamos después de lo visto anoche) se puede salvar el desaguisado autoinfligido que es ese disco último de una Bruni que prometía cosas mejores desde aquel «Qulqu’un m’a dit».

El festival, que por lo demás propone una excelente selección artística, espera en el elegante recinto a Woody Allen, Los Planetas, Kraftwetk, Bebo el Cigala, Giorgio Moroder y los Gipsy Kings entre otros, hasta el 15 de julio. Pero volvamos al pistoletazo de salida del evento, a cargo de Bruni. La italiana apuntaba maneras como baladista folk o bella lánguida, una fórmula que le ha dado buenos frutos como aquel debut de canciones originales, su mayor éxito. Después, y seguramente lastrada o distraída por su dimensión social en Francia, Bruni simplemente no ha sabido mantener el nivel compositivo. Y alguien me dirá: ¿Quién lo necesita cuando los dioses te conceden la gracia del «charme»? Pues justo eso es lo que te salva del naufragio cuando vas justita de voz para la mitad de tu repertorio y se te ocurre un disco de versiones altamente infumable como su último trabajo.

El público estuvo extremadamente generoso con la cantante, quien, Houston, tenemos un problema, destrozó «Crazy» de Willie Nelson, primero con un erotismo chirriante y un tono cabaretero irritante, pero nada comparado con el sacrilegio que fue «Jimmy Jazz» de The Clash convertido en melodía de ascensor o puticlub caro en el mejor de los casos. «Moonriver» de Sinatra aligeró el bochorno y se hizo del todo evidente que las versiones no eran el camino cuando interpretó su primera composición propia, «J’arrive a toi», que no será una obra maestra pero al menos no ofendía a los oídos como un pedo en un bautizo.

Pero, vaya por dios, Bruni tenía ese capricho y cantó como un susurro «Enjoy The Silence», de Depeche Mode, leyendo las letras del atril por si no era suficiente embarazo. Después siguió en italiano con «Dolce Francia», más dignamente, y «L’amoreuse», bien, mientras le rogábamos a nuestra señora de Notre Dame que no volviera a tocar una versión. «Esta canción fue un error, todos dijeron en Francia que no debía hacerlo, que tenía que rectificar», anunció Bruni y nos temimos lo peor. ¿Qué atropello nos esperaba? Por suerte, antes de interpretar «Ta tienne», especificó que se refería a un patinazo gramatical. Ningún filólogo abandonó el asiento. «Please don’t kiss me», «The Winter Takes It All» (ABBA) y la archiconocida «Qulqu’un m’a dit», que pareció la Quinta Sinfonía. Y dejó para el final «Stand By Your Men», de Tammy Wynette y la vieja «Love Letters» que funcionaron como los remansos de «charme» de los que les habíamos hablado al principio. Y menos mal, porque cerramos esta crónica cuando Bruni anunció que iba a tocar «Highway to Hell» de AC/DC.

Europea convencida

Desde que su marido Nicolás Sarkozy abandonó la política, a Carla Bruni no le interesan los dimes y diretes. «Que cada uno piense lo que quiera. Yo me considero una europeísta y feminista convencida. No puedo decirle a nadie lo que tiene que pensar», dijo en una entrevista a Europa Press un día antes del concierto. «Solo quiero pensar en música».

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