Adriana Ugarte: «El #MeToo deja a las mujeres en un lugar muy vulnerable»

Adriana Ugarte llega a la librería Ocho y medio, que tanto visitó de adolescente, y se fija en el gran cartel de “Enamorado de mi mujer”, su más reciente película. “Qué bonito”, dice, con una gran sonrisa que no se le borra de los labios en toda la entrevista. En su primer filme fuera de España trabajó junto a Daniel Auteuil, que dirige y protagoniza la película, además de Gérard Depardieu y Sandrine Kiberlain. Ugarte asegura que “hay algo que tiene mucho encanto relacionado con traspasar las fronteras, que es ponerte en la tesitura de vértelas con otro idioma y unos protocolos de trabajo que a veces pueden ser distintos”.

¿Tenías en mente dar el salto al cine francés o fue “Enamorado de mi mujer” una oportunidad que se presentó sola?

Siempre me ha gustado mucho el cine europeo, pero igual que me gusta el americano. Creo que lo que te atrapa es la historia, y los compañeros que ponen en marcha el proyecto. En este equipo encontré un respeto absoluto y una pasión inesperada por la profesión. A veces parecíamos un grupo de amigos haciendo un corto. Y me dije: “A estas personas les sigue gustando el cine”. En ningún momento olí el aroma de la pérdida de las ganas o de aquello que nos llevó a meternos en este trabajo tan incierto.

Interpretar en francés habrá sido un reto…

Sí, era la primera vez que rodaba en otra lengua y encontré algo muy interesante: la importancia de la escucha. Más allá de la escucha emocional, a la que siempre estoy atenta, tuve que prestar atención doble a la escucha física. Esto tiene un impacto casi inconsciente sobre tu interpretación. Al trabajar en tu idioma casi no te das cuenta porque no estás utilizando un oído tan fino para captar las palabras y saber si te pertenecen o no. Al rodar en otra lengua existe una sensación de pertenencia que te hace sentir mucho más vivo.

Imagino que ya hablaba francés cuando le ofrecieron el papel, ¿tuvo que reforzarlo?

Estudié francés en el colegio, pero igual que el inglés. Aunque cuando tenía 14 años mis padres compraron una casa al sur de Francia y hasta mis 22 veraneamos allí. También intento leer en francés. Además, había estudiado algún verano en el Instituto Francés de Madrid, así que antes del rodaje llamé a una profesora que trabajaba ahí para preparar el guión juntas. Me ayudó un montón y me decía que nunca había estado en la situación de preparar a una actriz, se sentía con una responsabilidad enorme. Eso me hacía mucha gracia.

¿Le contactaron directamente para el papel o..?

Fue Daniel Auteuil quien me lo ofreció, cosa que es rara porque, salvo tres excepciones, siempre he hecho castings para todos las películas y series en las que he participado. Creo que Daniel había visto mis entrevistas en Cannes durante la promoción de “Julieta” y pensó: “Vaya, parece que esa chica española habla francés”. Lo curioso es que el personaje de la obra de teatro en la que se basa la película, y que está protagonizada por Daniel y por una actriz francesa, en ningún momento estaba abierto a ser español, pero él lo adaptó. Me dijo: “Quiero contar contigo. Te he visto y eres Emma”.

Y usted encantada, claro.

Era una sensación un poco extraña porque para mí Daniel era un icono, igual que Gérard Depardieu. Yo venía mucho a estos cines (los Renoir, frente a la librería) a ver películas y muchas de ellas eran de Daniel Auteuil. Mi más tierna adolescencia fue, entre otros, con él en la mente y en el corazón. Siempre hablaba de Daniel como un amor platónico, me parece un tipo profundamente atractivo y, claro, esa intuición se ha confirmado, porque es muy inteligente. Hay algo bastante puro en los amores de la adolescencia, entonces no te sueles equivocar tanto como más tarde (risas).

¿Cómo fue la experiencia de trabajar con él y el resto del equipo?

Me daba miedo porque pensaba: “Son unos actores que están en un punto muy potente de su vida, son celebridades, tenemos otras edades y culturas. Piensa, Adri -me decía a mí misma-, que no va a ser fácil integrarte”. Y, de repente, fue facilísimo. Con Sandrine hicimos un “click” que parecía que teníamos ocho años, estábamos todo el día riéndonos, Daniel incluso nos tenía que llamar la atención. Sandrine es una mujer maravillosa, encontré en ella una complicidad y un aprendizaje por su manera de trabajar tan noble y por el modo en que usa el sentido del humor para gestionar todo en su vida.

¿Y Gérard Depardieu? Justamente ahora le han acusado de violación…

Cuando lo leí me quedé como el emoticono de los ojos como platos. La primera vez que nos vimos Gérard y yo nos miramos, nos sonreímos, nos abrazamos con una camaradería que pensé: “Este tipo es súper cálido”. Pero en ningún momento pensé que era un abusador en potencia, ni mucho menos. Es un tío, igual que Daniel y Sandrine, profundamente inteligente, es muy guasón y tiene una mirada magnética que creo que tiene que ver con ese mundo interior que es tan profundo y que está, de alguna manera, con 300 frentes abiertos a la vez. Bueno, a mí me pareció un compañero entrañable.

¿Te ha hecho cambiar de perspectiva el #MeToo a la hora de elegir papeles? Emma, por ejemplo, es un personaje que resulta seductor y que sale con un hombre mucho mayor…

Me daba miedo que Emma quedara como una especie de objeto sexual utilizado por los hombres. Pero creo que la película es una crítica al paso del tiempo y a cómo nos aferramos a las generaciones anteriores. Y no lo hacemos para sentirnos jóvenes, porque mezclarnos con ellos no hace sino evidenciar nuestra edad. Como dice Phillip Roth en “El animal moribundo”, no nos juntamos con los jóvenes para sentirnos más frescos, porque con ellos nos sentimos todavía más rancios. Pero sí te aproximas para sentir que todavía tienes la oportunidad de hacerlo. Entonces hay una crítica, comprensible y amable, al patetismo de cómo nos aferramos a lo joven para no asumir que se pasan las oportunidades. Así, hay algo más filosófico en esta película, solo que contado desde un punto de vista más ligero. Me gusta que debajo de la historia de pasión subyace una profunda tristeza.

¿Cómo ves el furor despertado por el #MeToo?

Creo que hay que poder jugar, bromear y ser objeto de deseo -tanto hombres como mujeres- sin miedo. Todos pueden ser abusados, hombres y mujeres, y tenemos la capacidad -porque somos poderosos- de poner límites a tiempo. Y todos podemos tener la mala suerte de ser abusados o sufrir una violación, pero hay que tener cuidado de no sumarse a esta revolución, cuyo nombre de por sí no me gusta mucho: Me Too. Hablar de violaciones o abusos es muy gordo. Hay que reflexionar y ver hasta qué punto uno es responsable, aunque sea de un tres por ciento. Eso no exime para nada el 97 por ciento de responsabilidad del otro, sea el abusador hombre o mujer. Creo que el #MeToo nos deja en un lugar muy vulnerable a las mujeres. Hay que ser justos, sobre todo por las violaciones salvajes, que son crímenes, y que podrían perder fuerza, diluirse en el perfume de “me rozaron un hombro” o “me dijeron tía buena por la calle”. Hay que darle una importancia razonable a las cosas, porque, si no, nos acorazamos y se produce más distancia entre las personas. Creo que se debe hacer un llamamiento al respeto, pero también a la libertad y al juego. Esta es mi visión, a lo mejor es radical, pero es mi visión.

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